Por Rosana Rivero Ricardo

Ya había sacado sus cálculos y le daban que, a juzgar por los números, habría divorcio antes que boda. Mucho lo pensó antes de llegar a este resultado. Había despejado la variable “amor” que era igual o mayor que infinito. Sin embargo, quedaban “de resto” en la galera de su vida muchos números negativos para enfrentar un matrimonio. Ni pensar lo que vendría después, porque el que se casa… ¿Y los niños?

Aquel problema parecía uno de los n.t.s. Sí, esos mismos, de los que no tiene solución y a los profes les encanta poner en las pruebas para confundirte. Pero ahora era la vida la que lo ponía a prueba y, a pesar de las noches de autoestudio, era muy difícil batearle para más de 60 puntos.

Dejó la libreta a un lado donde había desglosado los gastos de la ceremonia. Tan solo el alquiler de los trajes lo había dejado más en la Luna que la geometría del espacio. Ni hablar de los anillos y las fotos que, por suerte, correrían a cargo de los abuelos y los amigos.

¿Y la Luna de Miel? Se le convertía en Luna de Hiel nada más de investigar en los precios de los Hoteles del Polo. No podía ser en otra parte, porque si uno se va a casar con todas las de la ley, hay que afrontar que los costos lleguen a las decenas de millar.

BODA 1
Foto: Torralbas

¡Qué va! Para comer kake… no hay que hacer boda. Y a juzgar por su averaje, podría debutaría con una diabetes. Mejor seguir así como estaban, más agrega´os que la salsa agridulce, ante la imposibilidad de independencia en cuestiones de vivienda.

Vivirían en concubinato, o lo que es lo mismo, pero más indulgente y contemporáneo: en unión consensuada. Sus padres eran bastante modernos en el tema de las relaciones sexuales extramatrimoniales. En general, les había ido bastante bien, a excepción de los comentarios de la abuela acerca de los “novios de ahora” que no dejan nada para después.

Definitivamente no habría boda. Así evitaría el chucho de los amigos que el único compromiso que harían de por vida, era el de no casarse nunca. Dicen que eso ya no se usa. Él mismo, amante de las matemáticas, había buscado las estadísticas en Cuba y en efecto, el número de matrimonios se mantiene o disminuye, pero casi nunca aumentan en los últimos años.

BODA 3
Foto: Torralbas

Su hermana, pichón de leguleya y aspirante a notaria, le metía el “ángel” en el cuerpo para que se casara. Le recitaba, como otrora “Los zapaticos me aprietan”, los múltiples beneficios del casamiento, objetivos que casualmente le evaluarían en Derecho de Familia.

“Luego de legalizar la unión, lo que le sucede a uno le está pasando también al otro. Si uno obtiene un bien, como una casa, por ejemplo, se adquiere en copropiedad”, sentenciaba doctoral antes de espetarle un: “Acaba´e casarte haber si cojo el ramo y se me pasa la pasmadera”.

El RAMO. Se le había quedado fuera de la lista que en la ecuación de su novia llevaba además carro decapotable incluido. Eso NUNCA. Si le ponía nervioso sentarse frente a un notario, imagínate tú si le daba tres vueltas al parque con la gente gritándole: “te embarcaste, locooo”.

Más inmerso que Déborah Andollo estaba en sus pensamientos, cuando llegó “Laje”, como cariñosamente le llamaba a la jevita. En la aritmética de sus pasiones descubrieron un común denominador: solo de amor no se vive, pero no son los trajes, la fastuosidad de la fiesta o la luna de miel lo que harán perdurable su unión. Casarse “de papeles” es una cuestión, sobre todo, de amor.

boda 4
Foto: Torralbas

 

 

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